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Todos Ex Libris Políticas— Alvaro 30/9/2004 ZP no me cae simpático, lo admito. Y a la vez me resulta un enigma interesante; este hombre va camino de convertirse en un líder histórico. Puede ser de esa raza de políticos que, sin ningún talento aparente, sintetizan los anhelos más primarios de la turba y la conducen a grandes empresas. A ese grupo perteneció por ejemplo Ronald Reagan y los historiadores políticos todavía se preguntan como pudo liquidar la guerra fría semejante elemento. De esa clase es también George Bush Jr., que cree que lo puso Dios donde está, y así será cuando con todo en contra va ganando cómodamente. Escribí ‘grandes empresas’, no necesariamente buenas empresas. ZP hasta ahora no ha hecho ni dicho nada que revele perspicacia pero, a tenor de las encuestas, puede que haya captado los deseos más profundos de nuestro tiempo y lugar, nuestro zeitgeist. Sí, ZP: adoramos tu sonrisa, lo poco convencido que frunces el ceño y nos mece tu hablar vacuo. No conviene juzgar a las personas por lo que dicen sino por lo que hacen: somos de natural fanfarrones y mentirosos. A ZP no se le conocen muchas acciones y habrá que examinar lo que dice pensar. ¿Así pues, qué ideología anima a este hombre? Afortunadamente la ha hecho explícita. En un par de ocasiones se ha declarado ‘republicanista’ o seguidor de las ideas que un tal Philip Pettit y en concreto de uno de sus trabajos: ‘Republicanismo, una teoría de la libertad y el gobierno’. ZP ha prometido a Pettit invitarlo al final de la legislatura para que inspeccione el estado español y le diga si lo ha dejado de acuerdo con sus principios. Me he tomado la molestia de estudiar el asunto y de elaborar este resumen crítico que espero que sea útil al menos para evitaros el trance por el que yo pasé; si este resumen ya es necesariamente un tostón, no podéis imaginar como es leerse al tal Pettit y a sus adversarios. No tengo credenciales en el asunto, sólo me he leído con atención los libros más relevantes y van por delante mis prejuicios así que tampoco hagáis mucho caso. Voy primero con el resumen de conclusiones y después el tostón. Se puede o no estar de acuerdo con Pettit pero es un trabajo serio y erudito, no un panfleto. Pero que nadie busque aquí lo que hará ZP: es teoría política abstracta que sólo débilmente sirve como guía de actuación. ZP afirma basar su gobierno en este libro pero eso sería como intentar jugar al tenis siguiendo un libro de física atómica. Incluso discrepando de Pettit, propone un mundo en el que querríamos vivir. Pettit es un liberal de nuestra época y así lo explica en las primeras diez páginas. Como todo liberal escribe un libro para explicar qué entiende él por libertad y donde están sus límites. Reconforta saber que el presidente de nuestro gobierno manifiesta una ideología neo-liberal. Pettit pone coto a alguna de las concepciones liberales al uso y, sin ser experto, su aportación parece de todo punto sensata y bien armada. Esta es la parte buena. La mala es que se me antoja muy fácilmente tergiversable. No sólo afirma que añade ideas interesantes sino que insiste en que son las únicas ideas y ahí yo no comulgo. TOSTON: Para comprender un poco el asunto hay que dibujar primero el mapa de teoría política al uso y es un poco difícil aclararse. No es lo mismo un republicanista que un republicano. El republicanista es Pettit o ZP, que ahora explico. El republicano español propone la abolición de la monarquía e incluso algunos añoran la última república que tuvimos, con toda seguridad por simple desinformación. En EEUU, como sabemos, republicano significa otra cosa bien diferente. Por otra parte, el republicanista quiere recuperar los principios de los fundadores de EEUU pero acepta la monarquía constitucional; le parece un asunto menor pagarle la colección de Harley Davidson al Rey o a un comparsa electo. Por otra parte está el liberalismo. No es lo mismo un liberal, un libertariano o un libertario. Un libertario podría ser un revolucionario comunista. Los liberales son los que propugnan que el fundamento de un sistema político es la libertad pero admiten grados y moderaciones. Bajo esta etiqueta podemos meter más o menos a los ideólogos del PP. Los libertarianos son liberales extremos, para los que no se debe hacer ninguna concesión al fundamento. Para hacernos una idea, Margaret Tacher y Ronald Regan caerían bajo el libertarianismo según esta clasificación y quizá Jiménez Losantos de por aquí. Está en medio el término ‘neoliberal’. Estrictamente surge para catalogar una corriente en filosofía política que actualiza la tradición liberal de Hume, Locke, Mill, Montesquieu y Maquiavelo. A los liberales de este siglo se los llama neoliberales en filosofía política; en ‘El País’ en cambio el término neoliberal agrupa diferentes manifestaciones satánicas. Pettit es liberal pues fundamenta todo en la libertad y es de nuestra época. El republicanismo según Pettit puede clasificarse dentro del liberalismo según él mismo explica, y como Pettit es nuevo, se le podría llamar también un neoliberal. Pero bueno, esto de las etiquetas va según gustos; Maragall es un nacionalista-socialista, por contradictorio que eso resulte, y nadie lo llama nacionalsocialista. Lo de ZP neoliberal lo ponía como gancho, na’ más. Lo primero que me llamó la atención al estudiar este asunto fue que yo pensaba que ‘la izquierda’ (aceptemos barco) estaba armada teóricamente, Marx y todo eso, mientras que la derecha era sólo poco más que una actitud autoritaria. Esta fue la idea con que salí yo de la selectividad. La realidad hoy es completamente a la inversa: no hay ningún teórico ni de mediana importancia en el que podamos reconocer la tradición marxista. Los que hay de izquierdas, aparte de poco asertivos, son exquisitos para que no los asocien al marxismo. Parece que la derecha se ha realineado en bloque detrás del liberalismo mientras que la izquierda anda aún buscándose. ZP ha decidido ir tras Pettit, también un liberal y como veréis no es mala opción: Pettit fundamenta un liberalismo que tolera grandes dosis de intervención estatal. Si fuese malvado de izquierdas, recordaría el pensamiento único, negaría que la realidad pueda asesinar a la utopía y acaso me consolaría con que mejor esto que otros males. Si fuese malvado de derechas, saludaría la vuelta al redil de la razón de un rebaño extraviado después de que algunos de sus líderes se despeñasen por los riscos del marxismo. Siendo yo, me la suda; sólo paso el rato con puzzles ideológicos. Los liberales son legión y están bien respaldados teóricamente. Destacan Popper, Hayek, Nozick en el sXX… y el más ilustre hoy en día es John Rawls. Todos ellos han escrito obras profundas de mil páginas para fundamentar un par de conceptos: unos tostones. Pettit rebautiza el republicanismo como una variante liberal, una precisión a la corriente más influyente que lidera Rawls. Rawls es liberal pero no en el sentido que utilizamos normalmente ‘liberal’ y ni por asomo se parece a lo que malamente llamamos ‘neoliberal’. Se puede ser del PSOE y aceptar lo que dice Rawls, del PP y aceptar a Pettit. Rawls y Pettit tienen la obligación de llevarse la contraria pero podemos aceptar a la vez que lo que dicen los dos es perfectamente razonable y hasta complementario. Resumen: hoy el que cuenta es Rawls y al menos a los súbditos de ZP nos debe interesar Pettit. Pettit reacciona como alternativa a Rawls. Así que, ¿qué dice Rawls? Más o menos es lo siguiente. Comienza por preguntarse cuál sería el fundamento de una sociedad ideal y plantea el siguiente escenario imaginado que es todo un hallazgo. La ‘posición original’: imagina que vamos a montar una sociedad en un planeta nuevo y que los que van a integrar una sociedad tienen que acordar por consenso como regirla. Y hacemos lo siguiente, los cubrimos con un ‘velo de ignorancia’, de modo que no sepan qué lugar les tocará en la sociedad. De esta forma descartamos a los aprovechados. ¿Qué principios seleccionarían? Después de muchas páginas dándole vueltas a las opciones propone los siguientes dos principios: 1. La libertad como fundamento del sistema. Implícitamente están los conceptos de estado de derecho, constitución, etc.. 2. Las posibles desigualdades de hecho se permiten sólo en la medida en que suponen beneficios para la sociedad El principio 1 es el liberalismo clásico. La innovación es el concepto de velo de ignorancia y la exigencia de consenso para llegar al principio 2. Obviamente la discusión endiabladamente compleja es explicar qué es ‘beneficio para la sociedad’ pero aun así resulta difícil no admirar la elegancia y lógica del argumento. Es, de hecho, el trabajo de lejos más influyente hoy en día. He simplificado hasta lo intolerable: la obra de Rawls explica esto mismo en mil páginas y lo completa con decenas de trabajos posteriores. Este hombre y sus acólitos llevan treinta años debatiendo el asunto con otros teóricos, compilando objeciones y refinando cada paso lógico y cada mínimo detalle. Introducir la limitación 2 rompe con toda la tradición liberal donde la desigualdad no era un concepto que preocupase demasiado. Ya es significativo que la teoría de Rawls es una “Teoría de la Justicia”. Rawls es interesante porque introduce de una forma lógica impecable el concepto de justicia social en la misma base de los axiomas liberales. Sólo por esa ocurrencia ya ha pasado a la historia del pensamiento político. Rawls es el máximo exponente de los neoliberales, esos protohumanos despiadados según nos cuentan. Pettit ataca al centro del liberalismo diciendo lo siguiente. Hay dos conceptos en nuestros días de libertad: Libertad negativa: explicado como ‘no interferencia’. Mi libertad termina donde comienza la de los demás. Que no se me impida hacer cosas. Libertad positiva: presupone la ‘libertad negativa’, que no se interfiera en mis acciones, pero además que disponga de los medios para llevarlas a cabo. Por ejemplo, en España dispongo de la ‘libertad negativa’, garantizada constitucionalmente, para comprarme una casa de un millón de euros en el sentido de que no hay ley que me lo impida y que la ley me protege para que pueda hacerlo. Pero eso no quiere decir que tenga la ‘libertad positiva’ porque no dispongo del dinero y la constitución no dice que me tengan que dar el millón de euros. Los socialistas insistirán en que además de garantizar la libertad negativa, el estado debe ampliar las libertades positivas. Para los libertarianos eso es inadmisible; para Rawls es admisible limar las desigualdades sí y sólo sí no empeoramos las condiciones del conjunto. Y Pettit introduce aquí su distinción: afirma que esta división está mal hecha. Hay un tercer concepto en medio de esas dos libertades en el sentido de ‘no dominación’. Si nadie interfiere en mis acciones tendré ‘libertad negativa’ pero si hay agentes con capacidad de interferir arbitrariamente, aun a pesar de que la ley les impida interferir, mi libertad no será plena, no estaré tranquilo. Para Pettit la libertad plena es que yo no tema siquiera la interferencia. No es que legalmente no puedan interferir sino que ni siquiera dispongan de los medios para hacerlo. A partir de esta idea monta Pettit toda su propuesta. Primero define dominación como un poder de un agente sobre otro en el que el dominador puede interferir arbitrariamente sobre el agente dominado. Afirma que era éste y no otro el ideal de los fundadores de EEUU y le echa la culpa a Isaiah Berlin de pervertir todo el debate filosófico por lo de la libertad negativa y positiva. Que el ideal de libertad como no dominación debe ser retomado en la filosofía política. Hasta aquí todo bien. Entonces afirma que el ideal de libertad como no dominación debe ser el principio supremo y único de ordenación política y aquí me comienza a chirriar. Sí acepto sin reservas el que me parece el argumento central de Pettit y es que los liberales no han incluido en sus teorías al poder de forma explícita. Pettit dice que las cosas conducen a la creación de poderes, que los poderes además o se corrompen u operan a veces de modos que no persiguen el bien común ni a priori ni a posteriori. Que los liberales no han incluido esta realidad en sus teorías y que el republicanismo sí considera un principio de acción la moderación de esos poderes al eliminar la ‘dominación’. Bienvenido sea. Lo que no acepto es que el concepto de libertad de Pettit sea el único que hay que barajar ni el principio supremo de todos los ámbitos. A través de todo el libro Pettit utiliza los mismos tres ejemplos: el primero es la dominación de la mujer por el hombre. Vale. El segundo es la relación amo-esclavo. Vale. El tercero es la dominación del trabajador por el patrono y aquí me saltan todas las alarmas. El patrono, dice, puede interferir arbitrariamente en las elecciones del trabajador, e incluso despedirlo, ergo, el patrón domina al empleado. Esa dominación sólo es aceptable si existen mecanismos regulatorios como los sindicatos para pararle los pies al patrono. Yo aquí no trago. Primero, la ‘dominación’ a la que se somete el empleado es voluntaria: patrono y empleado firman un contrato laboral sin coacción. Sólo bajo el ámbito de dicho contrato se admite esa dominación. Dice Pettit que el patrono puede despedir al empleado y por eso lo domina. Yo digo que también el empleado puede despedirse, interfiriendo en las elecciones del patrono y no hablaríamos de dominación. Es obvio, aunque causa sorpresa cuando se recuerda, que trabajar es voluntario: nadie obliga a nadie a trabajar y son nuestras necesidades y elecciones previas (vivir en Madrid, tener un móvil y un coche, tomar copas, fornicar repetidamente sin preservativo …) las que nos limitan las opciones de tal forma que nos llegamos a sentir ‘obligados’ a trabajar. Más aún, el objeto del contrato laboral es precisamente la dominación. El único motivo por el que el patrono le paga un sueldo al ‘dominado’ es precisamente esa dominación. Recuerdo un panfleto hilarante de los sindicatos de IBM instándonos a denunciar el ‘mobbing’, el ‘acoso moral’ en el trabajo. Les devolví un texto explicando que aceptar voluntariamente un acoso moral intenso por parte de mi jefe era uno de los motivos por el que la empresa me pagaba por encima del exiguo convenio que ellos habían negociado. Que nos dejasen en paz a mi jefe y a mi que ya nos entenderíamos. Dentro del propio concepto de organización está la jerarquía, que es necesariamente y grados aparte, una dominación siguiendo la definición de Pettit. Simplemente, creo que el concepto de dominación es inadecuado para examinar las organizaciones. Dejo aparte eso de ‘el patrón’ (así aparece en la traducción) que suena rancio y no vale cuando la dirección de la empresa no es la propietaria; entre mi puesto y ‘el patrón’ –inexistente- de la IBM hay siete niveles organizativos. El problema está en otro sitio y Pettit lo evita adrede. Pettit deja de lado explícitamente que los agentes puedan estar dominados por entes no agentes o por ‘el sistema’. En el caso de las relaciones laborales el problema es que en condiciones de exceso de oferta de mano de obra (por ejemplo en los mercados de mano de obra no cualificada) la recompensa por el trabajo (salario y resto de condiciones) tiende muy deprisa a cero si no se ponen trabas. No hay más que informarse de las condiciones de los camareros sudamericanos hoy en día en Madrid. Esto, que cumple las normas que hacen al mercado ‘eficiente’ según los economistas, puede derivar en una situación que nos parece a todos indeseable socialmente. Pero no se trata de que el patrón sea un cabrón dominador aunque algunos lo puedan ser. No hace falta que el patrón se salte la legalidad ni que sea inmoral para que el sistema funcione mal. Si fuese una cuestión de culpa de los patronos, bastaría con seguir el ejemplo de la revolución rusa. Son las propias reglas del mercado, o del sistema, o como lo queramos llamar, las que, bajo ciertas condiciones, llevan a situaciones indeseables. Desde luego, ¡qué manía con que ser empresario (o jefe) equivale a ser malo! Es una idea tan absurda que no llega siquiera a la categoría de equivocación. La regulación del mercado laboral puede ser por leyes o por el poder sindical pero su conveniencia no tiene nada que ver con dominaciones. No es sólo que la palabra ‘dominación’ tenga mucha connotación; ni siquiera en la definición estricta de Pettit me sirve para todos los ámbitos y ni de lejos para el económico. Sin dominación no hay organización. Es muy diferente hablar de regular el grado de dominación que afirmar, como Pettit, que hay que abolir toda dominación. Una teoría política hoy que no considere en condiciones lo que nos da a todos de comer, incluyendo a ZP y a sus ministras, me dejará insatisfecho. En otro segundo aspecto, para muchos liberales, la principal amenaza a la libertad es la del estado. No sólo por los poderes ejecutivos del estado sino que el derecho en sí es una limitación a la libertad y algunos propugnan, como Hayek, la limitación del derecho a un esqueleto mínimo de normas de recto comportamiento. No se les puede negar lo certero del argumento. Pettit lo ataca resolviendo que si la interferencia del estado o del derecho va acorde a los intereses comunes de los afectados, aunque viole la libertad negativa, no supone dominación. Según Pettit, si el estado restringe mi libertad negativa interfiriendo en mis acciones pero lo hace por mi bien, entonces no hay ‘dominación’ y debemos estar contentos. Pero esto plantea más problemas: ¿quién establece cuáles son los ‘intereses comunes’? ¿Hablamos de intereses subjetivos explícitos por parte de los agentes o de alguna forma de objetividad? Porque Pettit es un anti-populista, esto es, afirma que los gobiernos no deben simplemente hacer lo que indiquen los votantes, sino que basta con que los votantes puedan interferir en las acciones de los gobernantes manifestándose masivamente o reemplazándolos mediante el voto. ¿Y qué hacemos además con las minorías relativas aunque sean diez millones de votantes del PP? Pettit propone un régimen constitucional consensuado y procedimentalmente democrático, como el nuestro, al igual que Rawls. Es decir, que tras mucho pensar, llega a lo que ya tenemos. Pero sabemos que, aun siendo lo mejor que hemos inventado, estas filosofías no resuelven los problemas prácticos del día a día. Vericuetos que acaban en jardines de palabras. Yo resumiría la cuestión en que no basta con afirmar que la libertad es el principio de la ordenación política sino que se reconoce que hacen falta limitaciones. El principio 2 de Rawls basado en una idea de justicia o la ‘no dominación’ de Pettit son dos formas de esa limitación. Acepto de Pettit que pueda no bastar con el principio 2 de Rawls porque no considera explícitamente al poder. Pero una cosa es introducir un concepto útil y otra afirmar que es el único principio; no creo que Pettit haya resuelto definitivamente la cuestión como él afirma. Obviamente, recomiendo el libro a quien disponga de paciencia |
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