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cacería
Por JON JUARISTI SI el cambio de actitud del PNV, que tantos dirigentes socialistas parecen advertir, se manifiesta en gestos tales como la defensa de Batasuna ante su posible ilegalización o en el veto del lehendakari a la presencia de miembros del PP en la cabecera de las manifestaciones antiterroristas, cabe dudar legítimamente de la buena fe de aquéllos que, como Jáuregui, Eguiguren y un largo etcétera han defendido durante estos últimos meses la aproximación del PSE a los nacionalistas. Ahora bien, cuestionar la buena fe de quienes han llevado a la dirección de los socialistas vascos al candidato oficialista, Patxi López, no resulta tan sencillo. En gentes como Jáuregui, Eguiguren o Benegas, que necesitaban resarcirse de un fracaso histórico -el cosechado por el PSE bajo su dirección durante casi diez años de intermitentes gobiernos de coalición con los nacionalistas-, parece evidente que la necesidad de encontrar un chivo expiatorio al que cargar las culpas exigía de ellos una alianza contra Nicolás Redondo, auspiciada desde el 14 de mayo del pasado año por los sectores más rencorosos del felipismo. Pero sería injusto atribuir a la mayoría de los delegados presentes en el Congreso Extraordinario del PSE unas motivaciones semejantes. Aunque las descalificaciones vertidas por Benegas contra los «conversos y mediocres» que defendían a Redondo (repetidas por José Blanco con un leve matiz de amenaza) hayan podido restar algunos votos a Carlos Totorica, aunque el asesinato de Juan Priede y la desmoralización masiva de concejales socialistas hayan hecho pesar sobre el Congreso una atmósfera de pesimismo que invitaba a cerrar filas con la dirección nacional y, lógicamente, con el candidato que ésta avalaba, un cincuenta y siete por ciento de votos a favor de López ( y contra el candidato apoyado por Redondo) no se explica sin tener en cuenta el peso de una nefasta tradición de claudicaciones ante el nacionalismo, una tradición que se ha hecho cultura en el socialismo vasco y que se plasmaba, horas después del asesinato del concejal de Orio, en la airada reacción de un viejo militante, que millones de españoles pudieron ver en los noticiarios televisivos, cuando, a una pregunta del reportero, contestaba entre juramentos: «¡Lo que no quieren es que nos entendamos con los nacionalistas!» Sostiene Benegas que la democracia española tiene una deuda no reconocida con el PSE. Confieso que no lo veo tan claro. «No se ha reconocido en lo que mereciera -escribe- la aportación que los socialistas vascos han realizado no sólo a la consolidación del proceso democrático en el conjunto del país, sino también a que algo del Estado siga perviviendo en medio de la caótica confusión nacionalista en Euskadi (El País, 18 de marzo)». Se me ocurre, de entrada, una objeción -y prescindiré de recordar las aportaciones a la democracia española de socialistas vascos como García Damborenea, Julián San Cristóbal o Julen Elorriaga, que, es cierto, nunca fueron santos de la devoción de Benegas- y es que el propio Benegas, cuando pudo hacerlo, no reclamó para sí la presidencia del Gobierno Autónomo Vasco, permitiendo que los nacionalistas sacaran la conclusión de poseer una suerte de derecho natural a gobernar eternamente en la comunidad autónoma. Es curioso, y asimismo significativo, que muchos detractores socialistas de Nicolás Redondo Terreros le hayan reprochado su pretensión de expulsar al PNV del gobierno vasco, como si en vez de intentar hacerlo en unos comicios democráticos, el antiguo secretario del PSE se propusiera dar un golpe de estado. En la cultura política dominante en el socialismo vasco, la perspectiva de un gobierno autónomo no nacionalista fue algo que ni siquiera se tuvo en consideración como hipótesis de futuro posible. No, al menos, hasta que la planteó Redondo Terreros. La elección de Patxi López supone una apuesta por el entendimiento con los nacionalistas y el correlativo aislamiento del PP, y ello, a pesar de todas las declaraciones y discursos oficiales, saturados de matizaciones y cautelas e inspirados, en el fondo, en el inveterado oportunismo que constituye la médula de la tradición de la izquierda española, que saltó del marxismo a un progresismo desleído cuya esencia consiste en la improvisación de argumentos políticos para justificar cualquier chapuza ética. La cacería de Redondo y de sus partidarios ha terminado. Empezó en la noche misma del trece de mayo del pasado año. Prosiguió, a golpe de columna y de editorial, hasta mediados de esta semana, produciendo piezas memorables para la historia nacional de la infamia, como el número monográfico que un semanario adicto a Ferraz dedicó, no hace todavía un mes, a «los socialistas de Aznar» (entre los que, por cierto, me incluía una gacetillera no muy bien informada). Pero ahora debe acabar, por meros imperativos pragmáticos. Que Totorica haya obtenido más de un tercio de los votos en el Congreso es algo que debería mover a reflexión al vencedor indiscutible del mismo, Patxi López. Afortunadamente, el PSE no es todavía un apéndice de izquierda del nacionalismo vasco, como la IU del meritorio Madrazo. No conozco a Patxi López. Nadie conoce a Patxi López. Que tenga un nombre de chiste no es culpa suya. López era, y supongo que lo sigue siendo, el insulto preferido de los nacionalistas vascos desde Sabino Arana hasta el presente. Espero que el nuevo secretario del PSE sea consciente de ello. En circunstancias normales (normales en cualquier tierra de garbanzos) se suele saludar el relevo de un líder veterano por otro bisoño con obligadas expresiones de esperanza. ¿Tendré que decir que, en las circunstancias normales hoy en el País Vasco, prefiero ahorrármelas? Uno de los objetivos tácitos del frente de Estella, que seguía en esto el patrón de la estrategia de los republicanos norirlandeses, era dividir a la población no nacionalista, incorporando al pacto abertzale a uno de los partidos representativos de aquélla. No tuvo demasiado éxito: Madrazo y sus huestes fueron un pobre botín. La menguada porción del voto que ha obtenido la candidata Zabaleta, mozárabe vocacional, demuestra que los socialistas de Euskadi, a pesar de ser de Euskadi y con todo su complejo de inferioridad a cuestas (excluyo, naturalmente, a los votantes de Totorica), siguen sospechando, todo lo confusamente que se quiera, que los nacionalistas son el enemigo. |
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> chanchidrian ha escrito:
> cacería > > Por JON JUARISTI > > > SI el cambio de actitud del PNV, que tantos dirigentes socialistas parecen advertir, se manifiesta en gestos tales como la defensa de Batasuna ante su posible ilegalización o en el veto del lehendakari a la presencia de miembros del PP en la cabecera de las manifestaciones antiterroristas, cabe dudar legítimamente de la buena fe de aquéllos que, como Jáuregui, Eguiguren y un largo etcétera han defendido durante estos últimos meses la aproximación del PSE a los nacionalistas. Ahora bien, cuestionar la buena fe de quienes han llevado a la dirección de los socialistas vascos al candidato oficialista, Patxi López, no resulta tan sencillo. En gentes como Jáuregui, Eguiguren o Benegas, que necesitaban resarcirse de un fracaso histórico -el cosechado por el PSE bajo su dirección durante casi diez años de intermitentes gobiernos de coalición con los nacionalistas-, parece evidente que la necesidad de encontrar un chivo expiatorio al que cargar las culpas exigía de ellos una alianza contra Nicolás Redondo, auspiciada desde el 14 de mayo del pasado año por los sectores más rencorosos del felipismo. Pero sería injusto atribuir a la mayoría de los delegados presentes en el Congreso Extraordinario del PSE unas motivaciones semejantes. Aunque las descalificaciones vertidas por Benegas contra los «conversos y mediocres» que defendían a Redondo (repetidas por José Blanco con un leve matiz de amenaza) hayan podido restar algunos votos a Carlos Totorica, aunque el asesinato de Juan Priede y la desmoralización masiva de concejales socialistas hayan hecho pesar sobre el Congreso una atmósfera de pesimismo que invitaba a cerrar filas con la dirección nacional y, lógicamente, con el candidato que ésta avalaba, un cincuenta y siete por ciento de votos a favor de López ( y contra el candidato apoyado por Redondo) no se explica sin tener en cuenta el peso de una nefasta tradición de claudicaciones ante el nacionalismo, una tradición que se ha hecho cultura en el socialismo vasco y que se plasmaba, horas después del asesinato del concejal de Orio, en la airada reacción de un viejo militante, que millones de españoles pudieron ver en los noticiarios televisivos, cuando, a una pregunta del reportero, contestaba entre juramentos: «¡Lo que no quieren es que nos entendamos con los nacionalistas!» > > Sostiene Benegas que la democracia española tiene una deuda no reconocida con el PSE. Confieso que no lo veo tan claro. «No se ha reconocido en lo que mereciera -escribe- la aportación que los socialistas vascos han realizado no sólo a la consolidación del proceso democrático en el conjunto del país, sino también a que algo del Estado siga perviviendo en medio de la caótica confusión nacionalista en Euskadi (El País, 18 de marzo)». Se me ocurre, de entrada, una objeción -y prescindiré de recordar las aportaciones a la democracia española de socialistas vascos como García Damborenea, Julián San Cristóbal o Julen Elorriaga, que, es cierto, nunca fueron santos de la devoción de Benegas- y es que el propio Benegas, cuando pudo hacerlo, no reclamó para sí la presidencia del Gobierno Autónomo Vasco, permitiendo que los nacionalistas sacaran la conclusión de poseer una suerte de derecho natural a gobernar eternamente en la comunidad autónoma. Es curioso, y asimismo significativo, que muchos detractores socialistas de Nicolás Redondo Terreros le hayan reprochado su pretensión de expulsar al PNV del gobierno vasco, como si en vez de intentar hacerlo en unos comicios democráticos, el antiguo secretario del PSE se propusiera dar un golpe de estado. En la cultura política dominante en el socialismo vasco, la perspectiva de un gobierno autónomo no nacionalista fue algo que ni siquiera se tuvo en consideración como hipótesis de futuro posible. No, al menos, hasta que la planteó Redondo Terreros. > > La elección de Patxi López supone una apuesta por el entendimiento con los nacionalistas y el correlativo aislamiento del PP, y ello, a pesar de todas las declaraciones y discursos oficiales, saturados de matizaciones y cautelas e inspirados, en el fondo, en el inveterado oportunismo que constituye la médula de la tradición de la izquierda española, que saltó del marxismo a un progresismo desleído cuya esencia consiste en la improvisación de argumentos políticos para justificar cualquier chapuza ética. La cacería de Redondo y de sus partidarios ha terminado. Empezó en la noche misma del trece de mayo del pasado año. Prosiguió, a golpe de columna y de editorial, hasta mediados de esta semana, produciendo piezas memorables para la historia nacional de la infamia, como el número monográfico que un semanario adicto a Ferraz dedicó, no hace todavía un mes, a «los socialistas de Aznar» (entre los que, por cierto, me incluía una gacetillera no muy bien informada). Pero ahora debe acabar, por meros imperativos pragmáticos. Que Totorica haya obtenido más de un tercio de los votos en el Congreso es algo que debería mover a reflexión al vencedor indiscutible del mismo, Patxi López. Afortunadamente, el PSE no es todavía un apéndice de izquierda del nacionalismo vasco, como la IU del meritorio Madrazo. > > No conozco a Patxi López. Nadie conoce a Patxi López. Que tenga un nombre de chiste no es culpa suya. López era, y supongo que lo sigue siendo, el insulto preferido de los nacionalistas vascos desde Sabino Arana hasta el presente. Espero que el nuevo secretario del PSE sea consciente de ello. En circunstancias normales (normales en cualquier tierra de garbanzos) se suele saludar el relevo de un líder veterano por otro bisoño con obligadas expresiones de esperanza. ¿Tendré que decir que, en las circunstancias normales hoy en el País Vasco, prefiero ahorrármelas? Uno de los objetivos tácitos del frente de Estella, que seguía en esto el patrón de la estrategia de los republicanos norirlandeses, era dividir a la población no nacionalista, incorporando al pacto abertzale a uno de los partidos representativos de aquélla. No tuvo demasiado éxito: Madrazo y sus huestes fueron un pobre botín. La menguada porción del voto que ha obtenido la candidata Zabaleta, mozárabe vocacional, demuestra que los socialistas de Euskadi, a pesar de ser de Euskadi y con todo su complejo de inferioridad a cuestas (excluyo, naturalmente, a los votantes de Totorica), siguen sospechando, todo lo confusamente que se quiera, que los nacionalistas son el enemigo. > > > > |
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