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Hace unos meses tuve el honor de conocer a Andrés Trapiello. Andrés Recibía en Pontevedra el Premio Nacional de Periodismo Julio Camba.
En ese momento, tenía un conocimiento escaso, por no decir nulo de su obra y de su existencia. Recuerdo que llegué tarde. El acto ya había comenzado y me senté en una de las partes laterales del auditorio, mientras esperaba un tiempo de aburrimiento y grandilocuecia habitual en estos eventos. Preocupada por mi propio retraso, buscaba en la semipenumbra de la sala a las personas con las que en realidad había adquirido el compromiso de asistir. Los elogios a los premiados (también se entregaba el premio gallego de periodismo) amenazaban con no acabar nunca en un rosario repetido por las personalidades allí presentes. Finalmente subió el premiado y, como era de esperar, un alubión de aplausos sonó como una melodía en crescendo. Todo parecía predecible pero.¡ Sorpresa!. Andrés Trapiello inicio su turno con una ironía inteligente sobre el mismo acto. Pisó tierra - casi hasta salpicar de barro a los presentes- e hizo alarde de una capacidad dialéctica que me mantuvo en un estado de admiración que todavía dura y aumenta cada vez que tengo entre mis manos algún artículo, poema o novela de este hombre que para mí, es , sin duda, el mejor escritor español del momento.Trapiello es una de esas personas que nos hacen sentir el latido de Dios no en la idolatría, ni en la liturgia, sino en los rincones íntimos del alma. Es decir, allí donde realmente somos como individuos y como seres espirituales, incluso más allá del credo al que nos suscribimos. ¿A qué lengua se traduce la lluvia? ¿Cuántas sílabas forman el perfume que la rosa destila? ¿Con qué rima uncirías las olas de la playa? ¿Serías tú capaz de discernir los hemistiquios en el beso último de dos amantes, y ponerle acentos al silencio sutil de sus pupilas? ¿Qué humana ortografía serviría para ese ladrillo que a lo lejos se oye en plena noche o para el pulso que late en todo astro, incluso muerto? Dime con qué alfabeto se transcribe el sueño de la vida, dímelo sin palabras, que son merma, sin rima, sin acento, sin medida, y luego, habla. Habla y otros poemas de Andrés Trapiello: |