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LAS CARLISTADAS
EL CARLISMO Y LAS GUERRAS VASCAS Sociología del carlismo.(siglo XIX) El carlismo a lo largo de la historia va a cambiar de grupos sociales o de apoyo, es decir, de bases. En estos momentos está apoyado por medianos propietarios de tierras, hidalgos del norte de España. Estos propietarios medios estuvieron muy afectados por las reformas que hacen los reformistas ilustrados y los liberales, con lo que se convierten en antiliberales y tradicionalistas. Buena parte del clero del norte de España apoya al carlismo (ya que la iglesia es antiliberal en este momento), pero no toda la iglesia lo hace, solo algunos sacerdotes, etc. También apoyaron al carlismo militares medios con ansia de mando. Van a apoyar también al carlismo funcionarios depurados que apoyaban la monarquía absoluta. No eran solo las altas clases, sino que también apoyaban las clases medias y bajas. Focos geográficos del carlismo. Se pueden distinguir diferentes lugares, pero destaca sobre todo Navarra, donde empezó a estar la corte del pretendiente a la corona, Don Carlos. Allí estará apoyado por uno de los militares y promotores del carlismo Zumala Cárregui. El foco navarro se mantendrá a lo largo de toda la historia del carlismo. Tan importante como el navarro será el de toda la sierra del Maestrazgo (situado entre Castellón y Tarragona). Aquí aparecerá otro de los líderes del carlismo que será el general Cabrera. También tendrán su importancia como focos en las diferentes guerras Cataluña, el País Vasco y Galicia, pero habrá focos secundarios prácticamente en toda España, aunque arraigaron menos que en otras zonas. Causas del carlismo. En un primer instante parece una causa la legitimidad por la corona española. Los grupos carlistas estaban ya en época de Fernando VII y a lo largo de su historia no dudaron en cambiar de dinastía cuando les hacía falta. Los especialistas dicen que las causas del carlismo son dos fundamentalmente: Una es una causa político-religiosa y otra es una causa social. a) Las causas político-religiosas: Ante todo el carlismo es antiliberal, en primer lugar por la cuestión religiosa, no entienden los carlistas las medidas contra la iglesia, por lo tanto subrayan sustancialmente la religiosidad, pero no cualquier religión, sino una religión tradicional (ultramontana). En segundo lugar dentro del antiliberalismo, subrayan las tradiciones, por lo tanto son tradicionalistas, porque todo el liberalismo proviene del extranjero y había que dar importancia a las tradiciones del país. En tercer lugar son antiliberales por el centralismo y frente a este ellos proponen unas leyes para cada región (foralismo). El foralismo no es una causa del carlismo, pero es uno de sus fundamentos. b) Las causas sociales: Las medidas liberalizadoras, primero del reformismo ilustrado de los borbones y luego de los liberales y las medidas para favorecer la incorporación de los jornaleros sin tierra al campo, van a afectar a estos grupos del norte que eran propietarios de tierras (hidalgos del norte), van a perder su capacidad adquisitiva frente a la burguesía que va a adquirir más importancia que ellos y además debido a estos cambios van a perder muchos elementos tradicionales (que servían para el dominio social) La guerra carlista. La guerra carlista aparece de una manera sorpresiva e inconexa. Cuando muere Fernando VII, en su testamento dejó como heredera a su hija Isabel II y de regente a su esposa Mª Cristina, ese mismo día se proclama rey por su propia cuenta el hermano de Fernando VII Don Carlos y surgen en esos focos (navarra, Galicia, etc.) levantamientos favorables a Don Carlos. La guerra en un primer momento es una guerra de desgaste y resistencia, donde se luchaba por el día y se iba a dormir por la noche a casa. ( Prácticamente de guerrillas). Esta primera fase de la guerra no servía para avanzar en el territorio, no había tropas ni ejércitos organizados, había una serie de líderes esporádicos que hacen esta guerra de desgaste. En una segunda fase se van a organizar los carlistas y van a formar un ejército, aunque no había coordinación en todos los focos geográficos, cada foco tenía su propio jefe. En esta segunda fase se establecen asedios a ciudades con lo que la guerra carlista entró en una nueva dinámica de tipo territorial. En el año 1837 cuando los liberales subieron al poder de nuevo (del 34-37 los absolutistas) nombran un nuevo general que es el general Espartero. Éste utiliza una doble táctica en la lucha contra los ejércitos carlistas. Por un lado hace la guerra en los territorios carlistas y por otro lado establece negociaciones de paz con aquellos carlistas que cansados de la guerra querían la paz y para ello les ofrece mantener y respetar los fueros (navarros principalmente) y respetar en sus puestos a los militares carlistas. El principal general carlista Maroto acepta las condiciones de paz, asesina a los carlistas más intransigentes y en el año 1839 se produce el abrazo de Vergara. Con esto se produce el final de la primera guerra carlista. ...................... Pero esta guerra no era solamente dinástica sino que entroncaba con las profundas diferencias ideológicas entre absolutistas y liberales. Así la sublevación carlista no sólo tenía por objeto el acceso al trono de Carlos María Isidro, sino también defender la monarquía tradicional frente a la creciente influencia de los liberales. El apoyo de los liberales a Isabel II era un intento de evitar la subida al trono de un rey aún más reaccionario que Fernando VII. Otros aspectos a tomar en consideración eran el religioso y el foralista. El triunfo de las tesis liberales suponía la pérdida de poder de la Iglesia y el establecimiento de un régimen político homogéneo que chocaba con los privilegios organizativos de determinadas partes de España (los fueros). Por eso la insurrección carlista triunfó el las zonas de España donde mayor era la influencia del clero y de los privilegios forales existentes o perdidos tras la Guerra de Sucesión Española (1700-1714). El Carlismo era fuerte en Galicia, Navarra, las provincias vascas (salvo las capitales de las provincias, de tendencias liberales), algunas regiones de la antigua Corona de Aragón, como Cataluña y parte del propio Aragón y, ocasionalmente, en algunas zonas de Castilla y León. La guerra se desarrolló en tres fases. La primera, que abarca entre 1833 y 1835, fue una fase en la que los carlistas llevaron la iniciativa de la mano del brillante general Zumalacárregui. Sin embargo en este periodo comenzaron a producirse discrepancias en ambos bandos. Los Carlistas empezaron a dividirse entre pactistas e intransigentes y los Isabelinos, a su vez, entre moderados y radicales. Estas diferencias dentro de los dos bandos produjeron un estancamiento de la situación de la guerra. Los carlistas eran incapaces de extender la rebelión fuera de sus zonas y los isabelinos no podían sofocar la rebelión. En gran parte, el fracaso carlista se debió a la muerte de Zumalacárregui durante el sitio de Bilbao en 1835. La tercera fase abarca de 1837 a 1840. En ella se produce un recrudecimiento de la influencia carlista en Aragón y Cataluña de la mano del general Cabrera, otro brillante militar. La guerra parecía no tener fin, pero dentro de cada bando comenzaron a tener preponderancia los elementos pactistas y moderados que lograron llegar a un acuerdo en el que se hacían mutuas concesiones, reconociendo los fueron sin perjuicio de la unidad constitucional. Con el denominado "Abrazo de Vergara" entre el General en Jefe carlista, Maroto, y el General liberal Espartero, se puso fin a la guerra en el norte pero la misma continuó en Cataluña hasta la definitiva derrota de Cabrera. La causa de la continuación de la insurrección carlista en Cataluña era el sentimiento de traición por el abrazo de Vergara, que consumaba el mantenimiento de los fueros en las provincias que aún los tenían, mientras las provincias que reclamaban su restablecimiento habían sido olvidadas. El incumplimiento de las promesas liberales condujo a otras dos guerras carlistas. La segunda, de escasa importancia y duración, en la década de los 40 y la tercera, entre 1872 y 1876, que supuso el ocaso del EL PERSONAJE Cuando Fernando VII murió, don Carlos se-guía en Portugal. Lo curioso del caso es que el princi-pal razonamiento del absolutista don Carlos fuese la falta de consulta al pueblo (o sea, la aprobación por las Cortes) de la ley; y que el argumento en que se han de basar los crístinos liberales, será la validez de un acto de rey absoluto (aunque, como ya he dicho, más tarde fuera legitimado por las Cortes acudiendo a la jura de la princesa de Asturias). Podemos estar seguros de que las guerras carlistas no fueron exclusivamente un pleito dinástico: se destapaba la regla de «las dos Españas». Entonces eran: La que deseaba un rey absoluto sólo guiado por la mano de Dios (y de su representante, la Iglesia) y la que opinaba que nuestra nación debía progresar al ritmo de las libertades individuales y de las luces del siglo xxx. Quienes apoyaban a la primera fueron carlistas, pues don Carlos daba esa imagen. Los otros (liberales, cristinos o isabelinos), a la Regente doña María Cristina, que durante su gobierno interino ya dio la contraria. Úlima edición por tellagorri fecha: 26/Sep/05 a las 23:11. |
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EL INFANTE SE PROCLAMA REY
Fernando VII muere el 29 de septiembre de 1833. El 1 de octubre de ese mismo año, desde Abrantes (Por-tugal), el infante don Carlos dirige un manifiesto a la nación española, proclamándose rey Carlos V. Y el día 4, desde Santarem, dicta decretos proveyendo cargos para la gobernación del Reino. Entre otros, nombra al obispo de León, don Joaquín Abarca, «primer Secretario de Estado y del Despacho Universal». También escribió a su cuñada, la reiná María Cristina y a los demás miembros de la familia real y del gobierno invitándoles a que le reconocieran como rey. Carlos V fue reconocido así inmediatamente por el rey Miguel de Portugal, y el de Nápoles, Fernando III. El resto de Europa se manifestó por Isabel II. El 3 de octubre ya se produjo en España el primer y fracasado chispazo en favor del pretendiente. En Talavera de la Reina, el funcionario de Correos, Manuel González, lanzaba el grito de: Viva Carlos V Rápidamente, él y sus pocos partidarios fueron sometidos y fusilados. Pero el levantamiento se corrió a Bilbao, acaudillado por el marqués de Valde-Espina y el brigadier Zabala; a Vitoria, donde organizaron diez batallones con Valentín Verástegui y el brigadier Uranga; a la Rioja, con el general don Santos Ladrón; a Aragón, Cataluña, Valencia y ambas Castillas. A los pocos días eran vencidos y desarmados todos los realistas. Tras estos primeros conatos, se castigó con la pena de muerte a todos los jefes apresados. El Gobierno español de la reina Regente doña María Cristina (presidido entonces por Cea Bermúdez), ante el hecho indiscutible de que don Carlos, desde Portugal, impelía la simultaneidad y extensión de los brotes carlistas en aquel momento crítico, en que aún no se había hecho la proclamación de la reina Isabel, decidió cortar violentamente el peligro que lo amenazaba y publicó el Decreto de 17 de octubre, por el que se embargaban todos los bienes del infante don Carlos, adjudicándolos al Tesoro; conforme al dictamen del Consejo de Ministros que, sopesando las pruebas en su contra, declaraba haber incurrido don Carlos «en los crímenes de conspirador, de concitador de la rebelión, de perturbador de la paz del Reino y de pro-motor de la guerra civil, por lo que debían aplicársele a su persona y bienes y a las de sus parciales todas las penas dictadas contra los sediciosos y perturba-dores de la tranquilidad pública y tratársele como re-belde, con todo el rigor de las leyes, si llegaba a pisar el territorio de España>’. Apenas conseguida una ligera tranquilidad, se procedió el 24 de octubre a la proclamación de Isabel II, lo que originó la protesta oficial de don Carlos y nuevos levantamientos en Vitoria y Bilbao, que fueron facilmente sometidos por el general Pedro Sarsfield. Mientras las partidas carlistas se reorganizaban y aparecía entre ellas la figura de ZUMALACARREGUI. Carlos entró por el Valle del Baztán (Navarra) entre el clamor de sus partidarios. Y desde alli lanzó su proclama : “Voluntarios y soldados, vuestros sufrimientos, vuestras fatigas, vuestra constancia, vuestro amor y vuestra adhesión legitima a mi real pesona, son la admiración de todas las naciones que no saben cómo elogiar vuestra heroica conducta. Marchemos todos, y yo a vuestro frente, a la victoria: ella, si siempre me es dolorosa por ser sangre española la que se de-rrama, quiero conservarla y por lo mismo acojo desde luego bajo mi regio manto a los seducidos y engañados que dóciles a mi voz depusieren las armas; mas si, lo que no espero, hubiese alguno que insista en su ceguedad, será tratado como rebelde a mi real persona. Tan compasivo con los arrepentidos, seré ine-xorable con los contumaces. Y vosotros, fieles y valientes guerreros, reuníos todos en derredor de vuestro caudillo, vuestro pa-dre. Reine entre vosotros la disciplina más severa, la más ciega obediencia a vuestros jefes; en ella está la fuerza y en la fuerza la victoria que Dios prepara a la justicia. Generales, jefes y oficiales; voluntarios y soldados; estoy agradecido a vuestros servicios relevan-tes y no dudéis que sabrá premiaros vuesto rey, LA CORTE DE CARLOS V El pretendiente organizó su Corte con todo el boato que él creyó oportuno. En el transcurso de la guerra fue algo itinerante (Elizondo, Vergara, Tolosa, Estella...) según se requería por motivos de seguridad, pero siempre en el Norte. La componían sus consejeros y críticos de guerra (de salón) que más se podrían com-parar a los clásicos discutidores de los cafés madrile-ños que a un verdadero Estado Mayor. Hacia mediados de mayo de 1835, del Consejo Privado de don Carlos surgió la idea de conquistar la pla-za de Bilbao a Tomás de Zumalakarregi que la ejecutse. Éste, que fue quien había convertido en ejército de verdad a los desmandados voluntarios ue «iban siempre por su cuenta», que se esforzaba en las más audaces marchas y que derrochaba valor en los combates, no era muy apreciado en la Corte. Zumalacarregui tenía un plan para marchar sobre Madrid. Y el momento parecía propicio. Pero, naturalmente, tuvo que obedecer las órdenes reales. Se le dijo que la toma de Bilbao consolidaría ante el extranjero la posición carlista y que, posiblemente, con ella se podría obtener un empréstito en el extranjero al presentar el dominio de tan magnífico puerto. ¿No hubiese sido de más aval la toma de Madrid? El mejor general que tuvieron jamás los carlistas, disciplinado, puso manos a la obra y el 10 de junio Bilbao quedó sitiado; pero el asalto y el bombardeo de sus batallones no tenían éxito ante la defensa de la plaza, a cuyo mando estado el cristino conde de Mi-rasol. Zumalacárregui procedió a estudiar el terreno desde el balcón de una casa contigua a la basílica de Begoña, con el propósito de modificar la colocación de sus baterías; en esta situación fue herido en una pierna por el rebote de una bala. Trasladado a reta-guardia y mal asistido por el curandero Petriquillo, se le declaró gangrena y murió a los pocos días (el 25). El tío Tomás, como le llamaban cariñosamente sus soldados, dejaba a su viuda y sus tres hijas solamente catorce onzas de oro como herencia. Se le sustituyó por el general Eraso y se reforzó una segunda línea mandada por González Moreno. Pero el 1 de julio las tropas cristinas de Espartero y de Latre batieron am-bos cordones y, haciendo huir a los carlistas, entra-ron en Bilbao entre las aclamaciones de júbilo de sus moradores. Para que se vea el estilo rimbombante y despropor-cionado que empleaban los ministros de don Carlos en aquel período, en especial Arias Tejeiro, he aquí el principio de las comunicaciones que el citado per-sonaje envió a las cortes extranjeras para cornunicarles el paso del Ebro por el conde de Negrí: «Díos ha concedido una nueva prueba de su divina protección a nuestro bien amado monarca, y nuestra g1oriosa generala la Virgen de los Dolores ha permitido que nuestro mariscal de campo, chambelán del rey, conde de Negrí, pasase hoy el Ebro.» El marqués de Labrador, ilustre diplomático y adic-to a la causa de don Carlos, comentaba este despacho diciendo: «Yo deseo que los chambelanes, capellanes y abogados se limiten a ejercer las funciones propias de su cargo y que no se otorgue el Ministerio de la Guerra a abogados, ni el mando del ejército a cham-belanes de palacio.» A fin de dar una idea de cómo era la Corte de Car-los y, se transcriben dos descripciones de ella debidas al príncipe Félix Lichnowsky en Recuerdos de la guerra carlista. El príncipe Lichnowsky tenía 23 años cuan-do se presentó por primera vez en el Cuartel Real. Era austríaco, pero había servido en el ejército prusiano. Este primer relato se sitúa en Andoain, villa situada en la carretera general que conduce de Bayona a Vitoria y a Madrid. “Yo estaba, pues, allí, en esta pequeña camarilla, en presencia de los personajes más importantes de la Corte. “Reconocí fácilmente al obispo de León por su há-bito morado y su cruz episcopal. Le entregué la car-ta de recomendación de que era portador. Me dijo que el Rey, advertido de mi llegada, me recibiría al día siguiente, después de la misa. “Era la una: oía la música de las veinticuatro trom-petas de la guardia, tocando durante la comida del Rey, que, según el uso español, come siempre solo. “El gentilhombre de servicio llama a la puerta de la cámara y anuncia: «Señor, la comida.» “El Rey se dirige entonces al comedor, acompaña-do de su capellán encargado de decir el benedicite; este puesto estaba ocupado entonces por el célebre párroco de Los Arcos, don Juan Echeverría. “Los criados subalternos traían los platos hasta la puertas donde los ayudas de cámara los tomaban y los entregaban a los gentilhombres ordinarios, los únicos que disfrutaban del privilegio de servir a la per-sona real. “Los que tenían el rango de chambelán de entrada disfrutaban de la prerrogativa de ver comer al Rey. “Habituado a la noble sencillez de las Cortes de Alemania, no podía yo mirar sin sorpresa esta tradi-ción viva de los usos españoles, sobre todo al verlos observados tan fielmente en una miserable choza o en medio del tumulto de los campamentos; mejor se los concebiría bajo las sombrías y majestuosas bó-vedas de El Escorial, donde su efecto sería más im-ponente, sin duda, aunque hay algunas cosas a las que los alemanes se acostumbrarían muy difícilmen-te; así, por ejemplo, vi en Andoain dos sujetos que llevaban galones de coronel y no eran más que ayu. das de cámara del Rey, pasar con sus platos en la mano, mientras que uno de sus gentilhombres no lle-vaba más que uniforme de capitán. El ayuda de cámara del Infante don Sebastián después de haber acabado la toilette de su señor, ve-nía a sentarse a su mesa. A decir verdad, sólo ocupa-ba un extremo apartado. Era capitán de caballeros y llevaba el singular nombre de Conejo y Guisado, según el uso español que añade al apellido del padre el de la madre (...). Al día siguiente de mi llegada a Andoain fui a la iglesia; el Rey, rodeado de un séquito numeroso, fue recibido a la puerta por el Cabildo. Su Majestad se colocó bajo un dosel, al lado del Evangelio. “Se cantó una misa mayor con capilla; después del Evangelio, un monje franciscano, fray Domingo, predicador de la Corte, predicó en español. Después de él, otro eclesiástico repitió en lengua vasca su ser-món para los oyentes de esta nación; sermón que, según pude apreciar, estaba dirigido al Rey exclusivamente. VIUDEZ Y BODA DE CARLOS V Desde que don Carlos abandonó Inglaterra para ir a luchar, en junio de 1834, su esposa doña María Francisca, con sus tres hijos (Carlos Luis, Juan y Feman. do), su cuñada María Teresa (princesa de Beira) y al-gunos sirvientes y preceptores de los tres niños se instalaron en una casa de campo en Gospert, villa cer-cana a Portsmouth, pues Londres era demasiado caro y la familia pasaba apuros económicos. El 28 de agosto de 1834 (a los 34 años de edad) mu-rió doña María Francisca de Asís. En aquellos momen-tos, los infantes Carlos Luis, Juan y Fernando tenían respectivamente 15, 13 y 11 años de edad. La princesa de Beira, María Teresa de Braganza, tal como prome-tió a su hermana en el lecho de muerte, recogió a los niños con la promesa de cuidarlos y no abandonarlos nunca. En 1835 se trasladó con ellos a Salzburgo acompa-ñada de su hija política, la infanta doña Amelia, cuyo esposo, el infante don Sebastián, militaba en España junto a Carlos V. A través de las cartas que se cruzaron Carlos V y su cuñada, se estableció un vínculo más estrecho todavía del que ya tenían. El matrimonio de don Carlos con la princesa de Beira tuvo lugar en Salzburgo el 2 de febrero de 1838, por poderes que dio el rey carlista a su gentilhombre el marqués de Obando. Después, queriendo los esposos ratificar personal-mente la boda en una iglesia, doña María Teresa llegó al País Vasco el 17 de octubre de aquel mismo año. Le acompañaban su sobrino mayor, Carlos Luis, y una dama de compañía, así como el conde de Custine. La s’olemne ceremonia se celebró en Azpeitia, tres días después con todo el boato que requería una boda real (aun estando en campaña). Les casó el obispo de León. Así como el hijo de Carlos V, Carlos Luis, príncipe de Asturias, fue muy bien acogido tanto a su llegada orno cuando tuvo que volver a exiliarse con su fami-~la terminada la guerra, la nueva esposa del rey carlista se ganó muy pronto las antipatías de los volun-tarios al ver cómo ejercía un enorme poder sobre don Carlos, quien la obedecía a ciegas. Uno de los primeros consejos que le dio fue: «Los únicos generales en los que Vuestra Majestad debe confiar son aquellos que no saben leer ni escribir.» Por otra parte, prohibió terminantemente que Carlos Luis, el príncipe de Asturias, participase activamente en la campaña. Éste, que ya tenía 20 años, no muy con-trariado, tuvo que dedicarse en la retaguardia a se-guir estudiando música, matemáticas e historia, mien-tras muchachos de su misma edad la estaban haciendo con su sangre. |