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“ Y me dio por pensar que siempre falta algo, que algo se quedó sin hacer en nuestro sentir y en la pasión que nos estremeció.Algo- un último matiz, la caída de un párpado- que faltó entonces y falta hoy atodavía. Y de ahí viene el cansancio”.
El cansancio que implica la resignacion de cerrar las ventanas a las que se asomaba el sueño de la infancia y el impulso ciego que nos mantuvo, para nada.En una mañana alguien, fuera, de pronto, pronunciaba a gritos mi nombre, y yo, enmimismada, tenía que salir al encuentro no sabía de qué, ni quíen me lo ordenaba. Sobrepasada la mayor turbulencia aguardaba con ilusion el descanso postrero.Sucedió como con los venenos contra los que no cabe mitridacismo alguno, porque sus dois van acumulándose hasta que acaban con nosotros sin matarnos. Yo llevaba luto por mi misma y giré la cabeza contra el muro y me resistí a seguir fingiendo que era la buena enfermera, la buena moribunda, la buena samaritana....pero alguien gritaba mi nombre por la calle y quien pudo puso en mis manos unos versos de un sufí ejecutado en Bagdad, acusado de hereje a principios del siglo XIII: “Comeré y beberé, mientras viva, el dolor de amarte y no entregaré a nadie este dolor cuando me muera. Mañana, en el día de la resurrección caminaré con tan ardiente sed todavía en ni boca.” Fue entonces cuando, olvidandome, salí en busca de quien gritaba... y vi el rostro del otro, del otro ser humnao que,como yo, sufría. Dios no está en ningún sitio más que en el rostro del otro que gritaba, sin saberlo, mi nombre. En mi relación con él se encuentra la palabra de Dios. Dios es el otro. No hay más que eso. La voz me reclamaba para vivir, cada día, la fraternidad más inmediata. Y únicamente ella puede salvar el mundo. Novela de A. Gala “ LAS AFUERAS DE DIOS”. pg. 278-9 |