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Ciencia Sagradas vs Ciencias Profanas. Dedicado a Fray Diablo.

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  #1  
Viejo 20/Jan/00, 00:12
ramona_petxugona
Novato
 
Fecha de ingreso: 19/Sep/05
Mensajes: 90
Predeterminado Ciencia Sagradas vs Ciencias Profanas. Dedicado a Fray Diablo.

Hola Fray Diablo, aquí va estos mensajes sobre ciencia. Estan sacados del libro "La Crisis del Mundo Moderno" de R. Guénon. El libro data de principios de este siglo,tal vez notes por ello que la definición de la ciencias modernas se ajusta demasiado al esquema delparadigma positivista que fue prácticamente superado con el Principio de Indeterminación y la teoria de la Relatividad. Aun así la crítica a la ciencia moderna no resulta afectada.
CIENCIA SAGRADA Y CIENCIA PROFANAS
Acabamos de decir que, en las civilizaciones que poseen carácter tradicional, la intuición intelectual está al principio de todo, en otros términos, es la pura doctrina metafísica la que constituye lo esencial, y todo lo demás se adapta a ella a título de consecuencias o de aplicaciones a los diversos órdenes de realidades contingentes. Ello es así especialmente para las instituciones sociales, y, de otra parte, esto mismo es verdadero en lo que concierne a las ciencias, es decir, que los conocimientos corresponden al dominio de lo relativo y, en tales civilizaciones, no pueden ser considerados más que como simples dependencias y en cierta medida como prolongaciones o reflejos del conocimiento absoluto y principal. Así, la verdadera jerarquía es observada siempre y por todas partes; lo relativo no es tenido por inexistente, lo que sería absurdo; es tomado en consideración en la medida en que merece serlo, pero es puesto en su justo lugar, que no puede ser otro que un lugar secundario y subordinado, y, en lo relativo mismo, hay grados muy diversos, según se trate de cosas más o menos alejadas del dominio de los principios.
Hay pues, en lo que concierne a las ciencias, dos concepciones radicalmente diferentes e incluso incompatibles entre sí, que podemos llamar la concepción tradicional y la concepción moderna; a menudo hemos tenido ocasión de eludir a estas "ciencias tradicionales" que existieron en la Antigüedad y en la Edad Media, que han existido siempre en Oriente, pero cuya sola idea es totalmente extraña a los occidentales de nuestros días. Es preciso añadir que cada civilización ha tenido "ciencias tradicionales" de un tipo particular, que le pertenecen en propiedad, porque, aquí, no estamos ya en el orden de los principios universales, con el que se relaciona solamente la metafísica pura, sino en el orden de las adaptaciones, donde, por lo mismo que se trata de un dominio contingente, debe tener en cuenta el conjunto de las condiciones mentales y de otro tipo, que son las de tal pueblo determinado, y diremos incluso de tal período de la existencia de ese pueblo, puesto que hemos visto más arriba que hay épocas en que se hacen necesarias "readaptaciones". Estas "readaptaciones" no son más que cambios de forma que no afectan en nada a la esencia misma de la tradición; por lo que concierne a la doctrina metafísica, solamente la expresión puede ser modificada, de una manera que es bastante comparable a la traducción de una lengua a otra; cualesquiera que sean las formas en que se desarrolla, para expresarse en la medida en que esto es posible, no hay más que una metafísica, como no hay más que una verdad. Pero cuando se pasa a las aplicaciones, el caso es naturalmente diferente: con las ciencias, tanto como con las instituciones sociales, estamos en el mundo de la forma y de la multiplicidad; por ello se puede decir que otras formas constituyen verdaderamente otras ciencias, inclusive si ellas tienen, al menos parcialmente, el mismo objeto. Los lógicos tienen la costumbre de mirar una ciencia como enteramente definida por su objeto, lo que es inexacto por exceso de simplificación; el punto de vista bajo el cual este objeto es considerado debe entrar también en la definición de la ciencia.
Hay una multitud indefinida de ciencias posibles, puede ocurrir que varias ciencias estudien las mismas cosas, pero bajo aspectos tan diferentes, luego mediante métodos y con intenciones tan diferentes también, que resultan ciencias realmente distintas. Este caso puede presentarse en particular para las "ciencias tradicionales" de civilizaciones diversas, que, aunque comparables entre sí no son sin embargo siempre asimilables las unas a las otras y, a menudo, sólo abusivamente podrían ser designadas por los mismos nombres. La diferencia es aún mucho más considerable, huelga decirlo, si, en lugar de establecer una comparación entre "ciencias tradicionales", que al menos tienen todas el mismo carácter fundamental, se quiere comparar estas ciencias, de una manera general, a las ciencias tal como los modernos las conciben; a primera vista, puede parecer a veces que el objeto sea el mismo de una parte y de otra, y sin embargo el conocimiento que las dos especies de ciencia dan respectivamente de este objeto es hasta tal punto otro, que, después de un examen más amplio, se vacila en afirmar todavía la identidad inclusive bajo un cierto aspecto solamente.
No resultarán inútiles algunos ejemplos para hacer comprender mejor aquello de que se trata; y, primeramente, tomamos un ejemplo de un alcance muy extendido, el de la "física", tal como ella es comprendida por los antiguos y por los modernos; y no hay por otra parte ninguna necesidad, en este caso, de salir del mundo occidental para ver la profunda diferencia que separa las dos concepciones. El término de "física", en su acepción primera y etimológica, no significa otra cosa que "ciencia de la naturaleza", sin ninguna restricción; es pues la ciencia que concierne a las leyes más generales del "devenir", porque "naturaleza" y "devenir" son el fondo sinónimos, y es así verdaderamente como lo entendían los Griegos, y especialmente Aristóteles; si existen ciencias más particulares que se refieren al mismo orden, no son entonces más que "especificaciones" de la física para tal o cual dominio más estrechamente determinado. Hay ya pues algo bastante significativo en la desviación que los modernos han hecho sufrir al término "física", al emplearlo para designar exclusivamente una ciencia particular entre otras ciencias que, todas, son igualmente ciencias de la naturaleza; este hecho se relaciona con la fragmentación que ya hemos señalado como uno de los caracteres de la ciencia moderna, en esta "especialización" engendrada por el espíritu de análisis, y llevada hasta el punto de hacer verdaderamente inconcebible, para aquéllos que sufren su influencia, una ciencia que verse sobre la naturaleza considerada en su conjunto. No se han dejado de hacer notar bastante a menudo algunos de los inconvenientes de esta "especialización", y sobre todo la estrechez de miras de los que es una consecuencia inevitable; pero parece que los mismos que se han dado cuenta de ello más claramente se han resignado sin embargo a mirarlo como un mal necesario, en razón de la acumulación de conocimientos de detalle que ningún hombre podría abarcar de una sola ojeada; ellos no han comprendido, por una parte, que estos conocimientos de detalle son insignificantes en sí mismos y no merecen que se les sacrifique un conocimiento sintético que, incluso limitándose todavía a lo relativo, es de un orden mucho más elevado, y, por otra parte, que la imposibilidad en que nos encontramos de unificar su multiplicidad proviene solamente de que nos hayamos prohibido ligarlos a un principio superior, de que nos hayamos obstinado en proceder por abajo y por el exterior, mientras que lo que habría habido que hacer era todo lo contrario para tener una ciencia que poseyera un real valor especulativo.
Si se quiere comparar la física antigua, no con lo que los modernos designan mediante el mismo nombre, sino el conjunto de las ciencias de la naturaleza tal como están constituidas actualmente, porque eso es lo que debería corresponderle en realidad hay pues lugar a notar, como primera diferencia, la división en múltiples "especialidades" que son, por así decir extrañas las unas a las otras. Sin embargo, éste no es más que el lado exterior de la cuestión, y no hay que pensar que, reuniendo todas estas ciencias especiales, se obtendría un equivalente de la antigua física. La verdad es que el punto de vista es completamente distinto, y es aquí donde vemos aparecer la diferencia esencial entre las dos concepciones de las que hablábamos hace unos momentos: la concepción tradicional, decíamos, liga todas las ciencias a los principios como otras tantas aplicaciones particulares, y es esta ligazón la que no admite la concepción moderna. Para Aristóteles, la física no era más que "suplente" con relación a la metafísica, es decir, que dependía de ella, que no era en el fondo más que una aplicación, en el dominio de la naturaleza, de los principios superiores a la naturaleza y que se reflejan en sus leyes; y otro tanto se puede decir de la "cosmología" de la Edad Media. La concepción moderna, por el contrario, pretende constituir las ciencias en independientes, negando todo lo que las supera, o al menos declarándolo "incognoscible" y rehusando tenerlo en cuenta, lo que equivale a negarlo prácticamente; esta negación existía de hecho mucho tiempo antes de que se haya pensado en erigirla en teoría sistemática, bajo nombres tales como los de "positivismo" y "agnosticismo", porque se puede decir que está verdaderamente en el punto de partida de toda la ciencia moderna. Solamente que no ha sido apenas hasta el siglo XIX cuando se ha visto a hombres que se jactasen de su ignorancia, porque proclamarse "agnóstico" no es otra cosa que esto, y pretender prohibir a todos el conocimiento de lo que ellos mismos ignoran; y esto marcaba una etapa más en la decadencia intelectual de Occidente.
Queriendo separar radicalmente las ciencias de todo principio superior, so pretexto de asegurar su independencia, la concepción moderna les quita toda significación profunda, e inclusive todo interés verdadero desde el punto de vista del conocimiento, y ella no puede desembocar más que en un callejón sin salida puesto que los encierra en un dominio irremediablemente limitado (1). El desarrollo que se efectúa en el interior de este dominio no significa por otra parte una profundización, como muchos se lo imaginan; continúa siendo, por el contrario, completamente superficial, y no consiste más que en esta dispersión en el detalle que ya hemos señalado, en un análisis tan estéril como penoso y que puede proseguir indefinidamente sin que se avance un solo paso en el camino del verdadero conocimiento. También hay que decir claramente que no es en absoluto por ella misma por lo que los occidentales, en general, cultivan la ciencia así entendida: lo que ellos tienen sobre todo a la vista, no es un conocimiento, ni siquiera inferior; son aplicaciones prácticas, y, para convencerse de que es verdaderamente así, no hay más que ver con qué facilidad la mayoría de nuestros contemporáneos confunden ciencia e industria, y qué numerosos son aquellos para quienes el ingeniero representa el prototipo del sabio; pero esto se relaciona con otra cuestión que tendremos que tratar con más detenimiento en lo que ha de seguir.
Al constituirse a la manera moderna, la ciencia no ha perdido solamente en profundidad, sino también, podríamos decir, en solidez, porque la unión a los principios la hacía participar de la inmutabilidad de éstos en toda la medida en que su objeto mismo lo permitía, mientras que, encerrada exclusivamente en el mundo del cambio, no encuentra en él nada de estable ningún punto fijo en que apoyarse; al no partir ya de ninguna certidumbre absoluta, queda reducida a probabilidades y aproximaciones, o a construcciones puramente hipotéticas que no son sino el resultado de la fantasía individual. También, inclusive si ocurre accidentalmente que la ciencia moderna desemboque, a través de un camino desviado, en ciertos resultados que parecen acordarse con algunos datos de las antiguas "ciencias tradicionales", sería un grave error ver en esto una confirmación de la que estos datos no tienen ninguna necesidad; y sería perder el tiempo intentar conciliar puntos de vista totalmente diferentes, o establecer una concordancia con teorías hipotéticas que, quizá, se encuentren totalmente desacreditadas en pocos años (2). Las cosas de que se trata no pueden efectivamente, por lo que se refiere a la ciencia actual, pertenecer más que al dominio de las hipótesis, mientras que, para las "ciencias tradicionales'', era otra cosa muy distinta y se presentaban como consecuencias indudables de verdades conocidas intuitivamente, luego infaliblemente, en el orden metafísico (3). Es por otra parte una singular ilusión, propia del "experimentalismo" moderno, creer que una teoría puede ser probada por los hechos cuando, en realidad, los mismos hechos pueden siempre explicarse igualmente mediante varias teorías diferentes, y que ciertos promotores del método experimental, como Claude Bernard, han reconocido que no podían interpretarlos más que con ayuda de "ideas preconcebidas", sin las cuáles estos hechos continuaban siendo "hechos brutos", desprovistos de toda significación y de todo valor científico.
Puesto que hemos venido a hablar de "experimentalismo", debemos aprovechar para responder a una cuestión que se puede plantear sobre este tema y que es la siguiente: ¿por qué las ciencias propiamente experimentales han recibido, en la civilización moderna, un desarrollo que nunca han tenido en otras civilizaciones? Es porque estas ciencias son las del mundo sensible, las de la materia, y es también porque ellas son las que dan lugar a las aplicaciones prácticas más inmediatas; su desarrollo, acompañándose de lo que de buena gana llamaríamos la "superstición del hecho", corresponde pues a las tendencias específicamente modernas, mientras que, por el contrario, las épocas precedentes no habían podido encontrar motivos de interés suficientes para entregarse a ellas hasta el punto de descuidar los conocimientos de orden superior. Hay que tener pues muy presente que no se trata, en nuestro pensamiento, de declarar ilegítimo en sí mismo ningún tipo de conocimiento, aunque sea inferior; lo que únicamente es ilegítimo es el abuso que se produce cuando cosas de este género absorben toda la actividad humana, como vemos que ocurre actualmente. Se podría incluso concebir que, en una civilización normal, ciencias constituidas por un método experimental estén, tan bien como otras ligadas a los principios y de esta forma provistas de un valor especulativo real; de hecho, si este caso no parece haberse presentado, es porque la atención se ha llevado preferentemente hacia otro lado, y también porque, incluso cuando se tratase de estudiar el mundo sensible en la medida en que podía parecer interesante hacerlo, los datos tradicionales permitirían emprender más favorablemente este estudio por otros métodos y desde otro punto de vista.
Decíamos más arriba que uno de los caracteres de la época actual es la explotación de todo cuando había sido descuidado hasta ahora por no tener más que una importancia demasiado secundaria como para que los hombres le dedicasen su actividad, y que debía sin embargo ser también desarrollado antes del fin de este ciclo, puesto que estas cosas tenían su lugar entre las posibilidades que en él estaban llamadas a la manifestación; este caso es precisamente en particular el de las ciencias experimentales que han visto la luz en estos últimos siglos. Hay inclusive determinadas ciencias modernas que representan verdaderamente, en el sentido más literal, "residuos" de ciencias antiguas, hoy incomprendidas: es la parte más inferior de estas últimas la que, aislándose y desprendiéndose de todo el resto de en un período de decadencia, se ha materializado groseramente, luego ha servido de punto de partida de un desarrollo completamente diferente, en un sentido conforme a las tendencias modernas, de manera de desembocar en la constitución de las ciencias que realmente no tienen nada de común con las que las han precedido. Así es como, por ejemplo, es falso decir, según se hace habitualmente, que la astrología y la alquimia se han convertido respectivamente en la astronomía y la química modernas, aunque haya en esta opinión una cierta parte de verdad desde el punto de vista simplemente histórico, parte de verdad que es precisamente la que nosotros acabamos de indicar: si las últimas de estas ciencias proceden en efecto de las primeras en un cierto sentido, no es en absoluto por "evolución" o "progreso" como se pretende, sino, por el contrario, por degeneración; y esto reclama todavía algunas explicaciones.
Hay que hacer notar, primeramente, que la atribución de significaciones distintas a los términos de "astrología" y de "astronomía" es relativamente reciente; entre los griegos, estas dos palabras eran empleadas indistintamente para designar todo el conjunto de aquello a lo que una y otra se aplican en la actualidad. Parece pues, a primera vista, que se trata también en este caso de una de esas divisiones por "especialización" que han sido establecidas entre lo que, primitivamente, no eran sino partes de una ciencia única; pero lo que aquí hay de particular es que, mientras que una de esas partes, la que representaba el lado más material de la ciencia en cuestión, tomaba un desarrollo independiente, la otra parte, por contra, desaparecía por completo. Esto es hasta tal punto verdad que ya hoy no se sabe lo que podía ser la antigua astrología, y que aquellos mismos que han intentado reconstituirla no han llegado sino a verdaderas falsificaciones, sea queriendo hacer de ella el equivalente de una ciencia experimental moderna, con intervención de la estadística y del cálculo de probabilidades, lo que procede de un punto de vista que de ninguna manera podía ser el de la Antigüedad o la Edad Media, sea aplicándose exclusivamente a restaurar un "arte adivinatoria" que no fue apenas más que una desviación de la astrología en vías de desaparición y en el que se podía ver todo lo más una aplicación muy inferior y bastante poco digna de consideración, como es posible constatarlo aún en las civilizaciones orientales.
El caso de la química es quizá todavía más claro y más característico; y, por lo que se refiere a la ignorancia de los modernos respecto a la alquimia, es por lo menos tan grande como la que tienen respecto a la astrología. La verdadera alquimia era esencialmente una ciencia de orden cosmológico y, al mismo tiempo era también aplicable al orden humano, en virtud de la analogía del "macrocosmos" y el "microcosmos", además, estaba constituida expresamente con vistas a permitir una transposición al dominio puramente espiritual, que confería a sus enseñanzas un valor simbólico y una significación superior, y que hacía de ella uno de los tipos más completos de la "ciencias tradicionales". Lo que ha dado nacimiento a la química moderna, no es en modo alguno esta alquimia con la que no guarda la menor relación; es una deformación de ella, una desviación en el sentido más riguroso de la palabra, desviación a la cual da lugar, quizá desde la Edad Media, la incomprensión de algunos, que, incapaces de penetrar el verdadero sentido de los símbolos, lo han tomado todo al pie de la letra, y, creyendo que en todo esto no se trataba más que de operaciones materiales, se lanzaron a una experimentación más o menos desordenada. Es a éstos a quienes los alquimistas califican irónicamente de "sopladores" y de "quemadores de carbón", y que fueron los verdaderos precursores de los químicos actuales.
Es así como la ciencia moderna se edifica con ayuda de los desechos de las ciencias antiguas, con los materiales rechazados por éstas y abandonados a los ignorantes y a los "profanos". Añadamos aún que los sedicentes renovadores de la alquimia, como algunos que se encuentran entre nuestros contemporáneos, no hacen por su parte más que prolongar esta misma desviación, y que sus investigaciones están tan alejadas de la alquimia tradicional como las de los astrólogos a los que aludíamos con anterioridad lo están de las de la antigua astrología; por esto es por lo que tenemos derecho a afirmar que las "ciencias tradicionales" del Occidente están verdaderamente perdidas para los modernos.
Nos limitaremos a estos ejemplos; sin embargo, sería fácil aportar otros, tomados de órdenes un poco diferentes pero que muestran la misma degeneración. Así se podría hacer ver que la psicología, tal como se entiende hoy día, es decir, el estudio de los fenómenos mentales como tales, es un producto natural del empirismo anglosajón y del espíritu del siglo XVIII, y que el punto de vista a que ella corresponde era tan despreciable para los antiguos que si a veces les ocurría considerarlos incidentalmente, nunca se les hubiese ocurrido hacer de él una ciencia especial; todo lo que puede haber en él de válido, se encontraba para ellos transformado y asimilado en puntos de vista superiores. En un dominio completamente distinto, se podría mostrar también que las matemáticas modernas no representan, por así decir, más que la corteza de la matemática pitagórica, su lado puramente "exotérico"; la misma idea antigua de los números ha venido a ser inclusive absolutamente ininteligible para los modernos, porque, también aquí, la parte superior de la ciencia, aquella que, con el carácter tradicional, le daba un valor propiamente intelectual, ha desaparecido totalmente; y éste es un caso bastante parecido al de la astrología. Pero no podemos pasar revista, una detrás de otra, a todas las ciencias, pues sería harto fastidioso; con lo señalado, pensamos haber dicho bastante para hacer comprender la naturaleza del cambio al que las ciencias modernas deben su origen, y que es todo lo contrario de un "progreso": una verdadera regresión a la inteligencia. Y vamos a volver ahora sobre consideraciones de orden general sobre el papel respectivo de las "ciencias tradicionales" y de las ciencias modernas, sobre la diferencia profunda que existe entre la verdadera destinación de las unas y las otras. Una ciencia cualquiera, según la concepción tradicional, tiene menos su interés en sí misma, que en lo que ella es como prolongación o rama secundaria de la doctrina, cuya parte esencial está constituida, como hemos dicho, por la metafísica pura (4). En efecto, si toda ciencia es a buen seguro legítima, dado que no ocupa más que el lugar que le conviene realmente en razón de su propia naturaleza, es fácil sin embargo comprender que, para cualquiera que posea un conocimiento de orden superior, los conocimientos inferiores pierden forzosamente mucho de su interés, o que inclusive no lo guardan sino en función, si se puede decir, del conocimiento principal, es decir, en la medida en que, de una parte, reflejan éste en tal o cual dominio contingente, y en que, de otra parte, son susceptibles de conducir hacia este mismo conocimiento principal, que, en el caso que consideramos, no puede nunca ser perdido de vista ni sacrificado a consideraciones más o menos accidentales. Estos son los dos papeles complementarios que pertenecen en propiedad a las "ciencias tradicionales": de un lado, como aplicaciones de la doctrina, permiten ligar entre ellos todos los órdenes de la realidad, integrarlos en la unidad de la síntesis total; de otro, son, para algunos por lo menos, y en conformidad con sus aptitudes, una preparación para un conocimiento más alto, una especie de encaminamiento hacia este último, y, en su repartición jerárquica, según los grados de existencia a los que se refieren. constituyen entonces como otros tantos escalones con ayuda de los cuáles es posible elevarse hasta la intelectualidad pura (5). Es pues demasiado evidente que las ciencias modernas no pueden, ni en ningún grado, cumplir ninguno de estos dos papeles; por esto no pueden ser más que "ciencia profana", mientras que las "ciencias tradicionales", por su relación con los principios metafísicos, se incorporan de una manera efectiva a la "ciencia sagrada".
La coexistencia de los dos papeles que acabamos de indicar no implica por otra parte ni contradicción ni círculo vicioso, contrariamente a lo que podrían pensar quienes no consideran las cosas más que superficialmente; y este es un punto sobre el que tenemos que insistir un poco. Se podría decir que hay dos puntos de vista, uno descendente y el otro ascendente, de los cuáles el primero corresponde a un desarrollo del conocimiento que parte de los principios para ir hacia aplicaciones cada vez más alejadas de éstos, y el segundo a una adquisición gradual de este mismo conocimiento, procediendo de lo inferior a lo superior, o aún, si se prefiere, de lo exterior a lo interior. La cuestión no es pues saber si las ciencias deben estar constituidas de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo; si es preciso, para que sean posibles, tomar como punto de partida el conocimiento de los principios o, por el contrario, el del mundo sensible; esta cuestión, que puede plantearse desde el punto de vista de la filosofía "profana", y que haber sido planteada de hecho en este dominio, más o menos explícitamente, por la antigüedad griega, esta cuestión, decimos, no existe para la "ciencia sagrada", que no puede partir más que de los principios universales; y lo que le quita aquí toda razón de ser es el papel primero de la intuición intelectual, que es el más inmediato de todos los conocimientos, así como el más elevado, y que es absolutamente independiente del ejercicio de toda facultad de orden sensible o incluso racional. Las ciencias no pueden estar constituidas válidamente, en tanto que "ciencias sagradas", más que por aquéllos que, ante todo, poseen plenamente el conocimiento principal, y que, por esto, son los únicos cualificados para realizar, conforme a la ortodoxia tradicional más rigurosa, todas las adaptaciones requeridas por las circunstancias de tiempo y de lugar. Solamente, cuando las ciencias están constituidas así, su enseñanza puede seguir un orden inverso: ellas son en alguna medida como "ilustraciones" de la doctrina pura, que pueden hacerla más fácilmente accesibles a determinados espíritus; y, por lo mismo que ellas conciernen al mundo de la multiplicidad, la diversidad casi indefinida de sus puntos de vista puede convenir a la no menos gran diversidad de aptitudes individuales de estos espíritus, cuyo horizonte está todavía limitado a este mismo mundo de la multiplicidad. Las posibles vías para alcanzar el conocimiento pueden ser extremadamente diferentes al grado más bajo, y ellas van seguidamente unificándose cada vez más, a medida que se alcanzan estados más elevados. No es que ninguno de estos grados preparatorios sea de una necesidad absoluta, puesto que no son sino medios contingentes y sin relación con el fin a alcanzar; es posible inclusive que algunos, entre aquellos en los que domina la tendencia contemplativa, se eleven a la verdadera intuición intelectual de un solo golpe y sin el socorro de tales medios (6), pero este no es sino un caso más bien excepcional y, lo más comúnmente, es que se dé lo que se puede llamar una necesidad de conveniencia para proceder en el sentido ascendente. Igualmente podemos, para hacer comprender esto, servirnos de la imagen tradicional de la "rueda cósmica": la circunferencia no existe en realidad más que por el centro; pero los seres que están sobre la circunferencia deben forzosamente partir de ésta, o, más precisamente, del punto de ésta en que ellos están situados, y seguir el radio para acceder al centro. Por otra parte, en virtud de la correspondencia que existe entre todos los órdenes de realidad, las verdades de un orden inferior pueden ser consideradas como un símbolo de las de los órdenes superiores, y, por consiguiente, servir de "soporte" para llegar analógicamente al conocimiento de estas últimas (7); esto es lo que confiere a toda ciencia un sentido superior o "anagógico", más profundo que el que posee por sí misma, y lo que puede darle el carácter de una verdadera "ciencia sagrada".
Toda ciencia, decimos puede revestir este carácter, cualquiera que sea su objeto, con la sola condición de estar constituida y considerada según el espíritu tradicional; solamente son de tener en cuenta en esto los grados de importancia de estas ciencias según el rango jerárquico de las diversas realidades a las que ellas se refieren; pero, en uno u otro grado, su carácter y su función son esencialmente las mismas en la concepción tradicional. Lo que es verdadero aquí de toda ciencia lo es igualmente para todo arte, en tanto que éste pueda tener un valor propiamente simbólico que lo haga apto para suministrar "soportes" para la meditación, y también en tanto que sus reglas son, como las leyes cuyo conocimiento es el objeto de las ciencias, reflejos y aplicaciones de los principios fundamentales; así hay, en toda civilización normal, "artes tradicionales", que no son menos desconocidas de los occidentales modernos que las "ciencias tradicionales" (8). La verdad es que no existe en realidad un "dominio profano" que se opondría de una cierta manera al "dominio sagrado"; existe solamente un "punto de vista profano", que propiamente no es otro que el punto de vista de la ignorancia (9). Por ello la "ciencia profana", la de los modernos, puede, a justo título, como ya hemos dicho en otro lugar, ser mirada como un "saber ignorante": saber de orden inferior que se mantiene enteramente al nivel de la más baja realidad, y saber ignorante de todo lo que lo sobrepasa, ignorante de todo fin superior a sí mismo, como de todo principio que podría asegurarle un lugar legítimo, por humilde que fuera, entre los diversos órdenes del conocimiento integral, encerrada irremediablemente en el dominio relativo y limitado en el que ha querido proclamarse independiente, habiendo así cortado ella misma toda comunicación con la verdad trascendente y con el conocimiento supremo, no es más que una ciencia vana e ilusoria que, a decir verdad, no viene de nada ni conduce a nada.
Sigue
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  #2  
Viejo 20/Jun/09, 00:12
mocarrioli
²–š’
 
Fecha de ingreso: 19/Jun/09
Mensajes: 31
Predeterminado Queria decir que

Andrea es una joven hermosa con muchas ganas de vivir, sin embargo, le hace falta tiempo ya que sufre del corazón. Ella es diseñadora de ropa y elabora el velo de novia de Raquela, quien está comprometida con José Manuel. El velo, hecho con mucho cariño y dedicación, por caprichos de la vida quedará sin ser utilizado y solamente servirá para la misma Andrea.

Andrea vive con sus padres, quienes mantienen una casa que asiste a estudiantes, lo que les permite vivir modestamente, pero muy unidos. Esta casa está al lado de una vecindad donde habitan otros personajes y sus familias.

José Manuel se da cuenta demasiado tarde que a quien ama es a Ángeles, hermana de su prometida Raquela. Ángeles le corresponde pero sabe que este amor es imposible. Ángeles sufre un terrible accidente en el que perderá la vida; al mismo tiempo Andrea tiene un infarto. El corazón de Ángeles servirá para devolverle milagrosamente la vida a Andrea.

Luego de este incidente donde pierde a su verdadero amor, José Manuel cambia radicalmente, del muchacho alegre y jovial que era ya no queda nada. Pierde la razón de vivir y se muestra evasivo para el amor.

A José Manuel se le presenta una nueva oportunidad de amar cuando conoce a Andrea, quien lo ha admirado siempre como deportista, ya que él es campeón internacional de ciclismo. Él no sospecha que su admiradora tiene el corazón de Ángeles.

Son muchos los impedimentos que se les presentarán a Andrea y José Manuel para realizar su amor. Raquela Villaseñor no tardará en darse cuenta que el fantasma de su hermana ha regresado para arrebatarle el amor de su amado.

La pareja se ve afectada por las intrigas que se originan en el seno de las familias Villaseñor y Del Álamo. Le hacen creer a Andrea que José Manuel está con ella por el recuerdo de Ángeles. Al mismo tiempo José Manuel sufre las presiones de Azael Villaseñor, padre de Raquela, para que cumpla con el compromiso de casarse con su hija.

La única amiga de Andrea, con quien se desahoga llorando sus penas y es su apoyo incondicional, se llama Vida, en alusión a su filosofía humana: vivimos para luchar y enamorarnos.

Vida vive junto a su amiga en la casa estudiantil, donde convive con Rosario y Memo, sus hermanos. Ella tiene un taxi tienda que lo trabaja de sol a sol, es una muchacha decidida y de fuerte carácter, capaz de enfrentar a todos por proteger a su amiga.

El gran amor de Andrea hacia José Manuel tratará de sobrepasar hasta lo imposible para cristalizar sus sueños.
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